Tres instantes en Bilbao, Granada y Valencia (21 de febrero, 19 y 28 de marzo)
Bilbao. 21 de febrero de 2025
La conferencia es en la facultad de educación. Una facultad como la que nos dio nuestros títulos y como la que nos permitió ganarnos la vida. Ha pasado una década y nosotros estamos hoy aquí, ya no como estudiantes, sino como profesionales. Sin embargo, muchas cosas siguen tal y como las recordábamos, incluso en una ciudad diferente. Los mismos cuchicheos, la misma alegría, la misma tensión entre la curiosidad por aprender y la indiferencia ante problemas que aún no te conciernen. Los vemos pasar al salón de actos con las carpetas y los apuntes, formando grupos mayores y menores. Algunos leen en los bancos. Parecen seguros de la juventud y la fuerza que todavía tienen. Nos sentimos como en el verso de Dylan: ante un mundo que se acaba y que, sin embargo, apenas acaba de nacer. Estamos en Bilbao en la facultad de educación de la universidad del País Vasco.
Granada. 19 de marzo de 2025
El farmacéutico examina el dedo. Hay en su cara una cierta mezcla de ternura y profesionalidad. Debe estar cerca de jubilarse. Es un hombre mayor. No quiere vendernos tiritas ni agua oxigenada. Nos pide que esperemos. Luego cura el corte con el mimo con el que uno atendería a un niño pequeño. Pone una tirita. Nos desea buen día. No nos deja pagarle nada. Afirma con rotundidad que solo es su obligación. Sonroja un poco pensar lo fácil que es, a veces, ser una buena persona, un buen ser humano. Lo poco acostumbrados que estamos a buscar eso en nosotros mismos. Estamos en Granada en una farmacia de la de la plaza Bib Rambla.
Valencia. 28 de marzo de 2025
Un bebé emerge del mar en brazos de su madre. Fuera, a la orilla de la playa, lo espera a la una toalla blanca para evitarle el frío. Los tonos de la imagen son cálidos. Te transportan a una especie de verano que nunca acaba. Un verano que está dentro de todos aquellos que hemos vivido cerca del Mediterráneo. La imagen te dice algo sobre la ingenuidad y la felicidad de las pequeñas cosas. Evoca el cariño que brota del tiempo libre. También tiene un sabor amargo: una nostalgia por la infancia perdida. Estamos en Valencia delante de un pequeño cuadro de Sorolla que está expuesto en la Fundación Bancaixa.
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